Caminas por el estrecho sendero junto al canal y, de repente, te sientes como en un cuadro holandés viviente. Kinderdijk, con sus 19 molinos gigantes , es nuestro monumento hidráulico más emblemático y está reconocido oficialmente como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Mientras que un pueblo típico de los pólderes suele tener como mucho un molino, aquí te encuentras con un completo sistema hidráulico del siglo XVIII. Detrás de esta imagen idílica se esconde una historia extraña: desde familias que vivían dentro de los molinos hasta el papel crucial que desempeñaron estos monumentos durante la Segunda Guerra Mundial.
Cómo unos molinos centenarios evitaron una catástrofe en la Segunda Guerra Mundial

Durante el duro invierno de 1944-1945 se cernía una catástrofe silenciosa. Debido a una grave escasez de combustible y electricidad, las modernas estaciones de bombeo de vapor y diésel de la región se pararon por completo. Si el agua subía, todo el pólder se inundaría, lo que provocaría destrucción y hambruna.
A toda prisa, se volvieron a poner en funcionamiento los molinos del siglo XVIII que ya estaban en desuso. Solo con la fuerza del viento, los molineros mantuvieron el nivel del agua día y noche. Gracias a esta medida de emergencia histórica, el país se mantuvo seco y se evitó una inundación devastadora en plena Segunda Guerra Mundial.
Cómo es vivir en un molino de 300 años

La vida en un molino de pólder centenario no es nada convencional. Como las robustas paredes tienen una inclinación, casi todos los muebles tienen que hacerse a medida. Además, las familias viven, literalmente, dentro del mecanismo en funcionamiento.
Cuando el viento arrecia y las aspas giran, toda la estructura cruje y vibra. Se necesita verdadera maestría para manejar una máquina histórica así. Por eso, esta pasión por el oficio de molinero suele transmitirse de generación en generación: un estilo de vida único en el que se mezclan la vida cotidiana, la historia y la artesanía.
El ingenioso sistema hidráulico detrás de los 19 molinos

Que estos 19 molinos estén tan cerca unos de otros no es casualidad, sino una muestra de la ingeniería del siglo XVIII. Los polderes bajos del Alblasserwaard llevaban siglos luchando contra inundaciones persistentes. Para drenar de forma eficiente el exceso de agua de los polderes hacia el río Lek, se ideó un sistema muy ingenioso.
Los molinos se dividieron en dos grupos que bombeaban el agua por etapas. Esta impresionante muestra de gestión del agua hace que este lugar sea mundialmente famoso hasta el día de hoy: una obra maestra histórica que mantuvo nuestro país a salvo de las inundaciones cuando nada más funcionaba.